Enséñame.

 

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Enséñame:
¿Cómo haces tú para no pensarme?,
para no nombrarme,
para pasar de largo,
para ignorarme.

¿Cómo haces tú para olvidarme?,
para no quererme,
para no buscarme,
para hacerme tan insignificante.

Enséñame a no pensarte,
enséñame a olvidarte,
a no quererte,
a no buscarte.

Enséñame hasta que se me olvide tu nombre,
hasta que se me quiten las ganas de amarte,
enséñame hasta que se me olvide respirarte,
y tu presencia me resulte simplemente irrelevante.


Sobre este poema

El poema se organiza como una petición dirigida a quien se fue: «Enséñame». La primera mitad pregunta cómo hace el otro para no pensar, no nombrar, ignorar. La segunda mitad convierte esas mismas acciones en lecciones solicitadas: enséñame a no pensarte, a olvidarte. El texto es casi simétrico, como un espejo.

Esa estructura revela una ironía amarga: el hablante le pide al causante del dolor que le transmita su indiferencia. El otro aparece como un maestro involuntario del olvido. La rima interna en «-arte» (pensarte, olvidarte, quererte, buscarte, amarte, respirarte) refuerza la sensación de letanía.

El cierre intensifica la petición hasta el extremo: olvidar el nombre, perder las ganas de amar, «olvidar respirarte». Esta última imagen es la más arriesgada del poema, porque convierte al otro en aire. El verso final, «y tu presencia me resulte simplemente irrelevante», cierra con una palabra fría, casi técnica, que contrasta con todo lo anterior: lo que se desea no es el odio, sino la indiferencia, que es la verdadera forma del olvido.