Hoy tengo ganas de mí

Hoy tengo ganas de mí
Hoy no tengo ganas de pensar en ti.

Tengo ganas de olvidarte,
de no sentirte,
de no invocarte.
Hoy no tengo ganas de alimentarte.

No dejaré que tu ausencia me devore.
Al contrario, la enterraré profundo,
para que la carcoma el olvido.

Hoy, hoy tengo ganas de mí.
De una mañana apacible,
de ideas claras y de un buen café.
De mi soledad, de mi compañía,
de mi amor propio…

¿Qué más puedo pedir?



Sobre este poema

El poema se construye sobre una oposición sencilla y eficaz: «ganas de ti» frente a «ganas de mí». La primera mitad es una serie de negaciones («no tengo ganas de pensar en ti», «de no sentirte, / de no invocarte»), y el verbo «invocar» es revelador: el otro no está presente, se le llama como a un fantasma. Dejar de invocarlo es dejar de mantenerlo vivo.

El texto recurre a una imagen orgánica para el olvido: la ausencia que «devora» será enterrada «para que la carcoma el olvido». El dolor se presenta como algo que se alimenta, y la decisión del hablante es dejarlo sin alimento.

El giro llega con la repetición «Hoy, hoy tengo ganas de mí», que funciona como afirmación y como bisagra. A partir de ahí el vocabulario cambia de registro: mañana apacible, ideas claras, café, soledad elegida. La soledad deja de ser carencia y se vuelve compañía. La pregunta final, «¿Qué más puedo pedir?», es retórica, pero también deja una ligera sospecha: quien necesita afirmarlo en voz alta quizá todavía se está convenciendo.